Tras un periodo de cinco años en la casa de acogida para enfermos de sida de Cáritas, Isabel Gómez ha podido dar un gran paso hacia su inserción social gracias a su enorme afán de superación y al apoyo recibido en Colichet. Desde hace tres meses reside en uno de los apartamentos Tomás de Cózar.

Hace ya cinco años que entraste a formar parte de la gran familia de Cáritas ¿Cómo era aquella Isabel que llegó a Colichet?

Mi vida era completamente distinta. Llegué en camilla, desde el hospital, porque me había dado un ictus que afectó todo el lado derecho de mi cuerpo. Era una mujer sin ganas de vivir, sin ilusión por nada, lo veía todo negro y nada me motivaba. Mi cabeza estaba completamente desordenada. Durante el primer año me sentía muy mal tanto física como psicológicamente, pero me esforcé mucho en recuperarme porque al principio tenía que desplazarme en silla de ruedas, después conseguí pasar al andador y, finalmente, solo necesitaba un bastón. Ahora ya camino sola con un poco de dificultad debido a las secuelas que el ictus dejó en una de mis piernas.

¿En qué momento experimentas ese gran cambio que tanto necesitabas?

Poco a poco, con el paso de los días, mis pensamientos fueron cambiando. Tenía claro que no quería volver a ser la mujer que había sido. Con la ayuda y el apoyo de los trabajadores de la casa, especialmente de la educadora y psicóloga, Begoña Corral, y de la directora, Paqui Cabello, comencé a cambiar cosas en mí que no me gustaban y así fui encontrando día tras día las ganas de vivir. Recuperé la ilusión por la vida y las ganas de descubrir cosas nuevas. Ahora siento que mi vida tiene color, miro las cosas de otra manera y me voy encontrando con la mujer que quiero ser. Ha crecido mi autoestima, me valoro mucho más, me cuido y me siento una mujer nueva.

En Colichet has dejado parte de “tu familia”, ¿Cómo recibiste la propuesta de comenzar a vivir de manera independiente?

La propuesta me la hizo la directora de la casa antes del confinamiento, pero después todo se complicó. Desde el principio me gustó mucho la idea porque, además, era la prueba de todo lo que yo había evolucionado durante mi estancia allí. Sabía que iba a echarlos de menos, pero tampoco he sentido nunca que me haya alejado de ellos porque sigo manteniendo el contacto. Continúo yendo cada lunes a la terapia que hacía con la educadora. Allí paso la mañana, charlo con mis amigos y sigo manteniendo con ellos el cariño y la cercanía que teníamos.

Tú que, con perseverancia y empeño, has podido superar situaciones verdaderamente difíciles, ¿Qué dirías a las personas que estén pasando ahora mismo por un momento complicado?

Que no pierdan nunca la esperanza. Yo lo perdí todo y, sin embargo, ahora me siento muy feliz. Gracias a una amiga que va a acompañarme, porque yo sola quizás no hubiese sido capaz, en unos días visitaré a mi familia en Valencia a la que llevo sin ver muchos años. Recuperar la confianza ha sido un proceso largo y difícil, pero todo llega y estoy muy ilusionada con nuestro encuentro.

Tras este gran cambio en tu vida ¿Qué esperas de esta nueva oportunidad?


En esta nueva comunidad he encajado muy bien, nos ayudamos mutuamente y nos acompañamos. La verdad es que me integré rápidamente en el barrio y en la parroquia de Santiago, que está muy cerca de aquí. Allí colaboro ayudando en cuanto se me necesita y he hecho buenos amigos. También gracias a una asociación vecinal estoy haciendo nuevas amistades. Yo me siento muy agradecida y, por mi fe, tengo muy claro que todas las personas que me han ayudado, las ha puesto Dios en mi camino. Todos ellos: las hermanas (Hijas de la Caridad), los voluntarios, los compañeros y los trabajadores de Colichet me han dado el amor que Dios ha puesto en ellos. Ahora solo espero seguir regalando a los demás ese amor que yo he recibido.


En el día de su despedida, Isabel dedicó unas palabras a sus compañeros y amigos de Colichet:

«A través de estas líneas os quiero expresar mi gratitud y mi amor a todos vosotros. Daros las gracias por todo el tiempo que hemos pasado juntos y por todo el cariño que he recibido desde que llegué a esta casa. No tengo palabras para expresar lo mucho que esta casa ha hecho por mí. Fue un privilegio muy grande llegar aquí y conoceros a todos vosotros: Paqui, la directora, que siempre ha estado ahí para lo bueno y lo malo, dándome su apoyo y su cariño; Begoña, como educadora y psicóloga, siempre trabajando conmigo para valorarme y encontrarme a mí misma, y mostrándome día a día el valor que tiene mi vida y superando muchas cosas; los trabajadores, regalándome su cariño y su sonrisa todos los días y haciéndome la vida más fácil; las hermanas, siempre dándome su amor y cariño con sus cuidados y mostrándome el amor de Dios a través de ellas; y también mis compañeros, con los que he compartido durante cuatro años risas y llantos, y me han hecho sentir útil. Cómo me voy a olvidar de los voluntarios, con todo su amor y sus enseñanzas, de los que he aprendido muchas cosas que nunca pensé que podría hacer. Ellos me han dado cada día su cariño y comprensión. Hemos pasado un tiempo muy bueno juntos y todos ellos forman parte de mi vida. Le doy muchas gracias a Dios por el tiempo que he estado en esta casa. Quiero deciros que formáis parte de mí y que os quiero mucho, no es un adiós, es un hasta pronto. Yo siempre estaré aquí con vosotros, lo único que cambia es mi domicilio, mi corazón lo dejo aquí».
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