Fuente: Málaga hoy

Rafael González Luna, el veterano presidente de la asociación de vecinos San José Obrero de Carranque, procura llevar la cuenta de los vecinos de su barriada que se van quedando solos "para darles una vuelta y tenerlos controlados". Pero ya empiezan a ser demasiados y a Rafael, la lista se le está yendo de las manos.

El 90 por ciento de las aproximadamente 2.000 personas que viven en el barrio ubicado entre la Avenida de Andalucía y la Avenida Obispo Herrera Oria tiene más de 65 años. El vecindario es prácticamente el mismo que llegó hace ya 50 años. Siempre habían vivido bien, pero ahora el envejecimiento de la población ha hecho que muchas de esas antiguas casas sin ascensor se conviertan en cárceles para sus propietarios. Una barriada tranquila en la que no se escucha un alma, pero que ahoga las historias tristes de soledad.

En casi todos los bloques existe alguien que no puede salir a la calle por las barreras arquitectónicas. Sólo el centro de salud atiende a más de 300 personas impedidas que no pueden salir de casa. La enfermera de enlace Milagros Reyes cuenta desanimada cómo los mayores están "encerrados en vida". Reciben las visitas de médicos y enfermeros y cuentan con el servicio de ayuda a domicilio del Ayuntamiento, aunque éste lo máximo que ofrece son dos horas al día y el cupo de usuarios está cubierto con lista de espera. "También hay muchos matrimonios de ancianos que no pueden cuidar el uno del otro porque están para que los cuiden a ellos", dice Reyes.

Ana F. es una de estas mujeres. No quiere dar su verdadero nombre porque, dice, le "da vergüenza". Lleva cuatro años sin salir de casa y está sumida en una depresión porque apenas sabe nada de sus cuatro hijos, aunque los disculpa. "Yo entiendo que ellos tienen su trabajo y su familia; hoy en día ya no hay tanto roce", explica mientras habla maravillas de sus vecinas, que le hacen la compra e, incluso, la comida.

Desde la cafetería del centro social también sale cada día el menú para casa de Caridad. Juan, de 90 años, también acude todos los días al centro para comer y recoger el almuerzo de su mujer que no se levanta de la cama. "Me voy que tengo que llevarle la comida a la abuela", dice negando con la cabeza. Porque él se siente bien, pero no se permite demasiado tiempo alejado de su mujer enferma.

En otras ocasiones, la circunstancia es otra: el lastre de las cargas familiares. Luisa sigue tirando del carro de su familia con su pensión, problemas de corazón y en lista de espera desde hace tres años para una ayuda a domicilio. Cáritas ha conseguido reunir dinero para que alguien la ayude.

En calle Virgen del Rocío hay un bloque donde coinciden hasta cuatro vecinas encerradas en sus respectivas viviendas. Dicen que durante una época movieron papeles para conseguir un ascensor, que les negaron una y otra vez por la estructura de los edificios.

Los voluntarios de Cáritas no sólo dan ayudas, sino que se organizan por turnos para visitar a las personas que viven solas.

Hay situaciones dramáticas, también para los hijos. Aurora padece una enfermedad degenerativa y ya casi ni habla; no tiene teleasistencia porque no puede pulsar el botón del aparato. También Remedios, que vive en los bloques de El Fuerte, vive sola y sin poder salir de casa, pese a que vive en un primero. Su hijo Alfonso atraviesa todos los días dos veces la ciudad, desde la Carretera de Cádiz, para atender a su madre.

Otras veces los hijos, lejos de ayudar a los padres, los llenan de cargas. En la barriada hay una niña de 10 años que se ocupa de cuidar de su bisabuela enferma. No se sabe nada de sus padres. La pequeña es espabilada y cuentan las vecinas que parece una mujer porque lleva su casa, a costa del fracaso escolar. Cuando ve a los periodistas les pregunta inquieta si son maestros, cuando éstos lo niegan, respira aliviada y les cuenta con soltura como es su vida, tan alejada de la de cualquier niña de su edad.

Con cargas familiares y enormes dificultades de movilidad también se encuentra M.C., madre de dos hijos drogadictos a los que mantiene con sus 300 euros de pensión y la ayuda de Cáritas. A sus 62 años parece una anciana. Pero se siente afortunada porque, de momento, ella sí puede salir de casa.

0
0
0
s2sdefault
powered by social2s