El 14 de enero tiene lugar la 93ª Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado y, para los católicos, estos fenómenos se han convertido en verdaderos «signos de los tiempos» por los que nos llega la voz de Dios.

Entre nosotros, hablar de inmigración implica recordar las frecuentes muertes de seres humanos en las aguas del Estrecho; poner sobre la mesa las mafias que negocian con personas; recordar a un número creciente de mujeres, muchas de ellas casi niñas aún, esclavizadas por la prostitución; aceptar pasivamente que se abandone en nuestras calles sin recursos y sin documentación a inmigrantes importados de Canarias; y tomar conciencia de que somos la provincia con más inmigrantes indocumentados. Y lo que es más grave: detrás de estos datos, hay hijos de Dios explotados, pisoteados, humillados y abandonados a su suerte.

Aunque la magnitud y la complejidad del problema nos tiente con el desaliento y nos invite a mirar a otro lado, hay que reconocer que las legislaciones de los países y las respuestas humanas a estos dramas han mejorado. Y en esta mejora han tenido mucho que ver los grupos que mantienen una actitud constante de denuncia frente a la injusta situación de los emigrantes y Refugiados; y también de acogida. Entre ellos, numerosos miembros de nuestras comunidades católicas. Gracias a sus desvelos, a su constancia, a su presión, e incluso a sus errores, los gobiernos se han visto obligados a dar pasos.

Este año, el Papa Benedicto XVI nos propone, en su Mensaje, que reflexionemos y actuemos sobre la familia, para «acentuar el compromiso de la Iglesia no sólo a favor del individuo emigrante, sino también de su familia, lugar y recurso de la cultura de la vida y principio de integración de valores». Para ello, nos pone como ejemplo de familia necesitada la de José y María, cuando tuvieron que huir a Egipto para proteger la vida de su hijo.

Debajo de esta mirada fraterna existen dramas humanos que solicitan nuestra ayuda, como las dificultades para conseguir la reunificación familiar, el crecimiento de los niños lejos de sus padres, la situación de muchas mujeres abocadas a la prostitución, la dificultad para hallar una vivienda digna por un alquiler asequible, la compatibilidad entre el trabajo de los padres y la atención a los hijos... Y todavía resulta más penosa y difícil la situación de los Refugiados, especialmente en los países de África.

Es posible que muchos de vosotros os preguntéis, como me pregunto yo mismo, qué podemos hacer. Y se me ocurren algunas sugerencias que están al alcance de todos. La primera, es informarnos y conocer la situación de los inmigrantes, especialmente en lo que se afecta a la dispersión familiar. La segunda, ser acogedores y no dejarnos tentar por los brotes de xenofobia que se empiezan a advertir. La tercera, denunciar todas las injusticias que se cometan contra los inmigrantes y sus familias y colaborar para que se sientan acogidas y se integren en el barrio, en las asociaciones de padres de los colegios y, las que sean católicas, en la comunidades parroquiales. Finalmente, colaborar con los grupos que presionan al gobierno de turno para que desarrolle una política más social y más justa en este campo concreto. Y lo primero de todo, revisar nuestras actitudes a este respecto y enmendar aquellos comportamientos que estén de acuerdo con el Evangelio y con las leyes.

Es otra forma de vivir y practicar el amor fraterno, que constituye la esencia de la respuesta al amor que Dios nos tiene. Los expertos hablan de caridad política y Benedicto XVI ha denominado «caridad social» a este compromiso de amor al hombre a través de los movimientos ciudadanos y políticos. Se trata de un drama que afecta a más de 200 millones de personas en el mundo y la fe en Jesucristo nos apremia a aportar nuestro peque grano de mostaza, pues nadie cometió una equivocación mayor que aquel que no hizo nada, pensando que es muy poco lo que podía hacer.

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