El año 2006 termina con el domingo primero después de Navidad, día en que la Iglesia Católica celebra su Jornada por la Familia y por la Vida. Estas dos realidades, la familia y la vida, están íntimamente unidas entre sí, ya que «el matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de la prole», como recuerda el Vaticano II, y mediante «el deber de transmitir la vida humana y educarla, que han de considerar como su misión propia, los cónyuges saben que son cooperadores del amor de Dios» (GS 50). Por consiguiente, es natural que esta Jornada unifique el interés por la familia y por la vida, como aspectos complementarios que son.

Por otra parte, la misma Iglesia Católica, a través de Cáritas, uno de sus organismos más activos en la defensa y la promoción de la persona, ha invitado a los seguidores de Jesucristo a centrar la mirada, durante este tiempo de Navidad, en uno de los problemas más graves de nuestra sociedad, la falta de una vivienda digna. ¡Una feliz coincidencia, ya que es otro de los grandes problemas que afectan a la familia!

Aunque se trata de un derecho constitucional de los ciudadanos, «para muchas personas, este derecho está siendo negado». Seguramente por eso, «la preocupación por la vivienda es común a la mayoría de la población española, tal y como queda reflejado en el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), correspondiente a mayo del 2006, donde la vivienda aparece como una de las principales preocupaciones, junto con el paro y la inmigración», explica Cáritas.

El problema afecta en grado extremo a determinados grupos sociales, como es el caso de los inmigrantes sin papeles, que tienen dificultad en conseguir una vivienda y se ven obligados a vivir en condiciones inhumanas y en barrios marginales. Pero repercute también sobre las jóvenes parejas españolas, que se tienen que endeudar casi de por vida para adquirir una vivienda o han de pagar alquileres muy superiores a lo que les permite el salario que perciben. La hipoteca de la vivienda condiciona sus relaciones familiares, como el número de hijos que pueden mantener dignamente, el tiempo que les pueden dedicar, el diálogo necesario con los profesores y el espacio disponible para organizar la convivencia.

Pienso que esta falta de un hogar digno y acogedor, en el que la convivencia resulte gratificante, tiene mucho que ver con el fracaso de los niños en los estudios, con la escasa educación en valores, con la delincuencia juvenil y con la violencia doméstica, pues la escasez de espacio y la carencia de una convivencia prolongada con los padres afecta negativamente al desarrollo y al equilibrio emocional de los hijos. Y difícilmente se podrán intensificar la convivencia familiar y el diálogo, cuando los progenitores han de centrar todas sus energías en la adquisición de un dinero que les permita hacer frente a los altos costes de la vivienda hipotecada o del alquiler de la misma.

Soy consciente de que se trata de un problema complejo y difícil, pero el hecho de haberlo puesto sobre la mesa para provocar un amplio debate social constituye ya un paso importante. No creo que la solución consista en construir viviendas más pequeñas, sino en conseguir que sean más baratas. Sobre todo, porque vemos que cada día afloran las prácticas corruptas que se dan en el sector de la construcción y que la riqueza que éste genera no repercute en absoluto sobre las capas más modestas de la sociedad.

Para un seguidor de Jesucristo, los esfuerzos encaminados a que toda familia disponga de una vivienda digna es una forma urgente de apostar por la justicia y por el amor fraterno, como enseña el Evangelio.

+ Antonio Dorado,

Obispo de Málaga.


 
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