Historias marcadas por las barreras de acceso a la vivienda y la exclusión residencial
«Un hogar es un lugar al que pertenecer». Bajo este lema, la campaña de personas sin hogar de Cáritas pone el foco este año en los vínculos, la comunidad y el sentido de pertenencia. Pero también invita a mirar una realidad cada vez más visible: personas que, pese a sus esfuerzos, no consiguen acceder a una vivienda y ven cómo la calle se convierte en una estancia que se prolonga en el tiempo.
Desde el centro de acogida nocturna Calor y Café, Manuel Tello, miembro del equipo técnico que acompaña cada noche a personas que afrontan grandes dificultades para acceder a una vivienda nos acerca a historias muy diversas, marcadas por las barreras de acceso a la vivienda y la exclusión residencial. Tres de ellas ayudan a comprender una realidad mucho más compleja de lo que suelen reflejar los estereotipos.
Trabajar y seguir sin poder permitirse una habitación
Jean, nombre ficticio, tiene alrededor de 40 años. Llegó a España desde Costa de Marfil tras un largo y peligroso viaje. Después de pasar por Almería trabajando en los invernaderos, se trasladó a Málaga buscando mejores oportunidades.
Hoy trabaja como repartidor de comida a domicilio y ha logrado regularizar su situación administrativa. Tiene contrato y empleo, pero no tiene hogar.
Cada noche llega al centro de acogida de madrugada, después de terminar su jornada laboral. Duerme apenas unas horas y pasa gran parte del día en bibliotecas o centros comerciales hasta volver a trabajar. Lo que le impide salir de esta situación no es la falta de voluntad ni de esfuerzo, sino un mercado inmobiliario que le resulta inaccesible.
Los alquileres exceden sus posibilidades económicas y los requisitos exigidos para acceder a una vivienda o incluso a una habitación, como meses de adelanto, fianzas elevadas o avales, constituyen una barrera casi insalvable. A ello se suma, en ocasiones, el rechazo que experimenta por su origen o color de piel.
Una pensión fija que no garantiza un techo
La historia de Juan, también nombre ficticio, desmonta otra idea preconcebida: tener ingresos estables no siempre asegura el acceso a una vivienda.
Con 68 años y una pensión por discapacidad de alrededor de mil euros mensuales, vivió durante un tiempo en una habitación alquilada. Sin embargo, distintos problemas relacionados con su trastorno bipolar provocaron la pérdida de ese alojamiento. Desde entonces busca una alternativa sin éxito.
Las habitaciones disponibles suelen tener precios elevados o destinarse al alquiler turístico temporal. Aunque cuenta con ingresos regulares, tampoco consigue cumplir con las exigencias económicas de muchos arrendadores. El resultado es una situación de exclusión residencial que se prolonga y agrava con el paso del tiempo.
Cuando la calle se convierte en una realidad permanente
La trayectoria de Estefanía, que este año cumplirá 80 años, refleja otra de las caras más duras del sinhogarismo: la cronificación.
Su vida ha estado marcada por una infancia difícil, problemas de adicciones, rupturas familiares y largos periodos de exclusión social. Hace años aceptó ingresar en un recurso residencial para personas mayores, pero las normas y dinámicas comunitarias resultaron difíciles de asumir para alguien que había vivido gran parte de su vida en la calle.
Actualmente pasa las noches en Calor y Café, donde encuentra un espacio seguro y un mínimo descanso. Sin embargo, tras décadas de supervivencia en contextos extremadamente precarios, las posibilidades de que acepte soluciones residenciales más estables o pueda reconstruir un proyecto de vida autónomo son reducidas.
La vivienda, un derecho cada vez más lejano
Las historias de Jean, Juan y Estefanía son diferentes, pero comparten un elemento común: la dificultad para acceder a una vivienda digna. En unos casos, el problema es un salario insuficiente; en otros, una pensión que no alcanza para los precios actuales; en otros, una trayectoria de exclusión tan prolongada que hace extremadamente complejo romper el círculo de la calle.
Detrás de cada persona hay una biografía, capacidades, sueños y esfuerzos que a menudo quedan invisibilizados. Por eso, la campaña de este año insiste en la importancia de construir comunidad. Porque nadie debería vivir en la intemperie social y emocional. Porque tener un hogar significa mucho más que disponer de cuatro paredes: significa contar con un lugar al que pertenecer, desde el que reconstruir vínculos, recuperar la confianza y seguir proyectando el futuro.
Y porque mientras el acceso a la vivienda continúe siendo una carrera de obstáculos para tantas personas, seguirán creciendo las situaciones de exclusión y cronificación que cada noche encuentran refugio en recursos como Calor y Café.



