23/02/2026

Cuando la creación habla: dos expertos de Cáritas explican lo que está ocurriendo y hacia dónde debemos mirar

Las fuertes inundaciones que se han producido en el mes de febrero han puesto de nuevo el foco en la fragilidad de nuestro entorno y en la urgencia de mirarlo con responsabilidad

 

Las fuertes inundaciones que se han producido en el mes de febrero han puesto de nuevo el foco en la fragilidad de nuestro entorno y en la urgencia de mirarlo con responsabilidad. En este contexto, Jesús Riesco, miembro de Cáritas Parroquial de San Fernando, y Jesús Bellido, de Cáritas Parroquial Virgen del Camino, ambas en la capital, comparten su visión como especialistas en cuestiones ambientales.

A través de sus testimonios, nos ayudan a comprender mejor las causas, consecuencias y desafíos que deja a su paso este episodio climático, invitándonos también a reflexionar sobre el papel de la comunidad cristiana ante esta realidad.

 

Jesús Riesco, físico y meteorólogo

“El mundo atraviesa una etapa de profunda transformación climática”, advierte Riesco. Su diagnóstico no es alarmista, sino realista: fenómenos adversos cada vez más intensos, lluvias torrenciales, olas de calor, sequías prolongadas y una pérdida acelerada de biodiversidad. “Son señales de una creación que sufre”, resume con preocupación.

Jesús recuerda que el papa Francisco, en la encíclica Laudato Si’, ya denunciaba esta realidad al afirmar que «la tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería». Para él, esa frase es mucho más que una denuncia ambiental: “Es una llamada a reconocer que la creación está íntimamente ligada al proyecto amoroso de Dios”.

Aunque la ciencia describe con claridad la acumulación de gases de efecto invernadero y la alteración del equilibrio climático, Riesco insiste en que “explicar la crisis ecológica solo desde la técnica es insuficiente”. A su juicio, “el clima, la tierra y los ecosistemas forman un entramado vital que es un don”. Por eso defiende que la degradación ambiental revela una ruptura de fondo: “Es una quiebra de nuestra relación con la creación, pero también con Dios y con los demás. Todo está conectado”.

Esa conexión se hace evidente al observar quiénes sufren antes y con más intensidad las consecuencias del cambio climático. “Las comunidades más pobres son las primeras afectadas y, paradójicamente, las menos responsables”, subraya. Esta constatación le lleva a una conclusión firme: “La crisis ecológica es también una crisis de justicia”. Y añade: “Cuidar el planeta implica proteger la vida y defender la dignidad de quienes más sufren. No puede haber auténtico cuidado de la naturaleza sin justicia para las personas”.

Ante esta realidad, Jesús apela a recuperar una actitud contemplativa. “La naturaleza no es un simple conjunto de recursos; es un precioso libro en el cual Dios nos habla”, afirma, retomando una de las claves de Laudato Si’. Para él, esta mirada transforma profundamente nuestra relación con el entorno. “Pasamos de la explotación a la gratitud, de la indiferencia a la contemplación, del consumo irreflexivo a la sobriedad”. Y lo concreta con ejemplos sencillos: “Contemplar un paisaje o el ritmo de las estaciones es reconocer la belleza del Creador que sostiene todo”.

Riesco cree firmemente que la respuesta a la crisis climática exige una “conversión ecológica” en varios niveles.

En el ámbito personal, lo tiene claro: “Cada uno puede adoptar hábitos responsables: reducir el consumo, evitar el desperdicio, cuidar los bienes, elegir modos de vida sobrios. Son pequeños gestos que expresan una espiritualidad que reconoce que menos es más”.

En el ámbito comunitario, destaca el papel de las parroquias y asociaciones: “Podemos promover educación ecológica, impulsar proyectos sostenibles y acompañar a quienes sufren los impactos ambientales”. Y señala que la ecología integral no se limita al entorno natural: “También implica cuidar las relaciones, fortalecer la fraternidad y construir comunidades solidarias”.

El compromiso se extiende igualmente al plano social y político. “Como creyentes, estamos llamados a promover políticas que protejan los ecosistemas, impulsen una transición energética justa y garanticen que el desarrollo no excluya a los más vulnerables”, afirma. Para él, “el cuidado de la creación es una forma concreta de vivir la caridad”.

A pesar de la gravedad del momento, Jesús Riesco no pierde la esperanza: “No todo está perdido. La humanidad es capaz de cooperación, creatividad y cambio”. Su mirada se orienta hacia el futuro: “Cada decisión orientada al bien común contribuye a sanar la tierra herida”. Y concluye con una convicción que, lejos de resignarse, impulsa a la acción: “Construir un futuro más habitable es una tarea profundamente humana y espiritual, que nos llama a reconciliarnos con el planeta, con los demás y con Dios”.

Jesús Bellido, biólogo y miembro activo en movimientos ecosociales

“Esta situación, desafortunadamente, se corresponde con lo que llevan años prediciendo los distintos modelos climáticos”, comienza explicando Bellido. “Y no es motivo de alegría tener razón, más bien todo lo contrario”, añade. Lo preocupante, insiste, es que “muchos científicos señalan que todo esto se esperaba, pero no tan pronto”. Por eso cree que “hay motivos de sobra para observar estos fenómenos con preocupación”.

Aunque evita entrar en las causas, en su reflexión deja algo claro: “No hay ninguna duda de la vinculación existente”.  La realidad es más directa: “Simplemente sabemos que los fenómenos extremos serán más frecuentes”.

Lo estamos viendo. “Que tengamos tanta lluvia —y además en invierno, que no es el periodo de máxima pluviosidad en el Mediterráneo— ya es llamativo”, señala. A ello se suma “la cantidad y la forma en la que llueve”. Para él, un indicador social resulta especialmente revelador: “Creo que la ciudadanía ha terminado por asumir con cierta normalidad las alertas naranjas e incluso las rojas”. Este hecho, asegura, “indica que ya existe un cambio climático con impactos medibles y reales sobre la vida de las personas”.

Cuando se le pregunta por soluciones rápidas, se muestra honesto: “No tengo un mensaje optimista del tipo ‘podemos hacer esto y lo vamos a arreglar’”. Lo que sí tiene claro es que “debemos ponernos a trabajar”. Y esa tarea tiene varios niveles.

En el ámbito político, recuerda la responsabilidad ciudadana: “Debemos estar atentos a los partidos que se toman en serio estos asuntos”. Y, si formamos parte de algún proyecto político, cree que es esencial “ejercer nuestra influencia para que la ciencia y sus advertencias se tomen realmente en consideración”.

En la vida cotidiana, sin embargo, apunta a dos líneas de acción. La primera: modos de vida sobrios. “Hay recomendaciones para llevar una vida más sencilla y con menor impacto ambiental, que en ningún caso tienen por qué afectar a nuestra felicidad ni a nuestras necesidades esenciales”. La segunda, más profunda: la dimensión cristiana. “Hay actitudes que realmente nos conducen a la felicidad: el acercamiento a los demás, el acompañamiento, la presencia”. Allí donde se vive la fraternidad, insiste, florece la auténtica ecología integral.

Por eso reivindica con fuerza el papel de la comunidad cristiana. “Este cambio exige actuar en comunidad”, afirma. Y ofrece un ejemplo muy concreto: “Cuando se activa una alerta roja y los niños no pueden ir al colegio, hay padres que, debido a la presión laboral, se ven en la situación de no saber con quién dejarlos”. Frente a esa dificultad, dice con convicción: “Las comunidades pueden responder: siempre habrá personas que puedan decir ‘hoy puedo quedarme con los niños’”. Parece algo pequeño, pero para él es decisivo: “Es una forma de cuidarnos y afrontar juntos la realidad”.

En los pueblos, añade, esta dimensión es todavía más evidente. “Conocer las zonas vulnerables y las familias en riesgo es esencial”. Las autoridades cumplen su función, sí, “pero una comunidad atenta y vigilante complementa ese trabajo”.

Su conclusión es clara: “Si estos cambios —como todo indica— nos van a exigir más, debemos estar preparados como comunidades de hermanos para ayudarnos y atendernos mutuamente”. En este contexto, insiste, “cobra sentido ser comunidad: estar unidos ante las dificultades y ante la necesidad de adoptar un modo de vida más sencillo y sostenible”.

Porque, en su opinión, “las respuestas individuales, si no se transforman en respuestas colectivas, no serán suficientes para revertir esta situación”. Un futuro diferente sería posible, asegura, “si hoy mismo empezáramos a actuar con decisión para proteger y cambiar esta realidad, pero…”.