Noticia • 10/10/2026

Pozo Dulce: 25 años construyendo hogar, vínculo y esperanza

El Hogar Pozo Dulce cumple un cuarto de siglo acompañando a personas sin hogar en Málaga. Desde que comenzó su actividad en 2001, 364 personas han pasado por este recurso de Cáritas Diocesana de Málaga. Una historia nacida del gesto diocesano del Año Jubilar “Un gesto, un techo, un hogar”, y construida, durante 25 años, con innumerables gestos de acogida, cuidado y compromiso.

Hace 25 años comenzaba, en pleno centro de Málaga, una historia de acogida y acompañamiento que todavía continúa. Pozo Dulce nació para dar respuesta a personas sin hogar que atravesaban situaciones de exclusión muy cronificadas y encontraban grandes dificultades para acceder a los recursos existentes.

A aquel gran gesto inicial fueron sumándose otros muchos más pequeños: los de quienes han cuidado, escuchado, acompañado y compartido camino. Personas acogidas, Hijas de la Caridad, profesionales, voluntariado y colaboradores han ido dando forma a una casa que aspira a ser mucho más que un lugar donde vivir.

Para su actual directora, Belén García, estos 25 años invitan, sobre todo, a mirar ese camino con gratitud. «Pozo Dulce es fruto de la entrega de muchas personas y también de todo lo que nos han enseñado quienes han pasado por esta casa. Entre todos hemos ido formando una gran familia en la que acompañamos, pero también aprendemos y nos dejamos acompañar», asegura.

Una historia que comenzó en la calle

Los antecedentes de Pozo Dulce se remontan al Congreso de la Pobreza de 1996 y al impulso del Año Jubilar 2000. Cáritas Diocesana de Málaga y las Hijas de la Caridad promovieron aquel Gesto Diocesano que terminó implicando a parroquias, jóvenes, comercios y ciudadanía.

Pero antes de que existiera el hogar hubo un intenso trabajo en la calle. Durante más de dos años se establecieron relaciones con personas que vivían situaciones de extrema exclusión. No se trataba únicamente de ofrecer una plaza, sino de acercarse, generar confianza y acompañar respetando los tiempos de cada persona.

La Compañía de Jesús donó el edificio que albergaría el proyecto. La atención directa comenzó el 27 de septiembre de 2001 y el centro fue inaugurado oficialmente el 11 de diciembre por el entonces obispo de Málaga, Antonio Dorado.

Aquel modo de acercarse a las personas continúa siendo, un cuarto de siglo después, una de las claves del hogar. «Desde el principio se entendió que cada persona necesitaba su tiempo y su propio proceso. Esa manera de acompañar, poniendo a la persona en el centro, sigue definiendo hoy a Pozo Dulce», explica Sor M ª Antonia, una de las Hijas de la Caridad que participó en este proyecto desde sus inicios y donde permaneció más de dos décadas.

Cuando la persona está en el centro

Actualmente, Pozo Dulce dispone de 37 plazas para personas sin hogar con procesos de exclusión cronificados. Quienes llegan al centro tienen una edad media de 47 años, principalmente entre los 45 y los 65, y pueden presentar situaciones muy diversas: desarraigo familiar, problemas de salud física o mental, adicciones, falta de documentación, aislamiento o dificultades para recuperar la confianza en sí mismas.

Ante esta realidad, el acompañamiento comienza por garantizar necesidades básicas como alojamiento, alimentación e higiene, pero va mucho más allá. Incluye atención sanitaria, intervención psicosocial, acompañamiento personal, terapias y actividades educativas y lúdicas.

El objetivo no es solamente abandonar la calle. Se trata de recuperar progresivamente hábitos, cuidar la salud, reconstruir vínculos y avanzar, siempre que las circunstancias lo permitan, hacia mayores niveles de autonomía e inclusión social. Pero acompañar significa también permanecer cuando ese horizonte ya no es posible. En estos 25 años, 52 personas han fallecido mientras residían en Pozo Dulce. Personas que, de otro modo, podrían haber afrontado sus últimos momentos en soledad y que encontraron aquí un lugar digno en el que estar cuidadas, queridas y acompañadas.

También ahí adquiere todo su sentido la palabra «hogar». Porque poner a la persona en el centro supone acompañarla en cada momento de su vida, también cuando el camino llega a su final. Para Belén García, esta forma de entender el acompañamiento es una de las claves de Pozo Dulce: «No podemos medir todos los procesos de la misma manera. Para una persona, un gran avance puede ser recuperar autonomía; para otra, empezar a cuidarse, relacionarse o volver a confiar. Lo importante es acompañar cada historia desde su realidad y sus posibilidades».

Cuidar es también acompañar

La atención sanitaria ha tenido desde el principio un peso fundamental. Muchas personas llegan después de largos periodos viviendo en la calle y con problemas de salud que necesitan atención y seguimiento.

Mercedes Vargas una de las trabajadoras más veteranas y vinculada al área de enfermería, conoce de cerca lo que significa ese cuidado cotidiano. «Cuidar no es solo atender una enfermedad. Es escuchar, tener paciencia, respetar el momento de cada persona y conseguir poco a poco que vuelva a confiar. Compartimos tantas cosas a lo largo de los años que terminas sintiéndote parte de una gran familia donde se cumple con cualquier tarea».

364 personas, 364 historias

En 25 años, 364 personas han residido en Pozo Dulce: 288 hombres y 76 mujeres. Detrás de esas cifras hay también procesos y tiempos muy diferentes. Un total de 234 personas permanecieron menos de un año y 121 lo hicieron entre uno y cinco años. Ocho residentes han vivido en el centro durante más de una década y una persona lo ha hecho durante más de 20 años. En este tiempo, 83 personas han salido recuperadas.

Pero los números cuentan solo una parte de la historia. Remedios Mamely lo sabe bien. Trabajadora social durante buena parte de la trayectoria de Pozo Dulce y recientemente jubilada, ha decidido continuar vinculada al hogar como voluntaria. «Aquí aprendes que un paso que puede parecer pequeño desde fuera puede significar muchísimo para una persona. Nuestra tarea es caminar a su lado, respetando sus tiempos. Después de tantos años, jubilarme no podía significar desvincularme. Pozo Dulce y las personas que forman parte de él son también parte de mi vida», explica.

Su propia trayectoria resume, de algún modo, el vínculo que puede generarse alrededor del hogar. Porque los procesos pertenecen, ante todo, a las personas acompañadas, pero inevitablemente dejan huella también en quienes caminan a su lado.

«La historia de Pozo Dulce no se puede contar solamente desde los datos», añade Belén García. «Cada una de esas 364 personas tiene un nombre, una historia y unas circunstancias diferentes. Y cada una ha dejado también algo en esta casa».

Una casa sostenida por muchas manos

Tampoco puede entenderse este cuarto de siglo sin quienes han sostenido la vida cotidiana del hogar. La comunidad de Hijas de la Caridad compartió durante más de 20 años su vida con las personas acogidas. A su presencia se ha sumado a lo largo del tiempo el trabajo de numerosos profesionales y el compromiso del voluntariado.

Actualmente, el centro cuenta con nueve trabajadores en ámbitos como cocina, monitoras que acompañan y auxiliar de enfermería; un equipo técnico formado por una psicóloga, una trabajadora social y un educador; y alrededor de una treintena de voluntarios.

Para Sor M ª Antonia, Pozo Dulce ha sido una escuela de vida y de fe. “Aquí descubres que servir significa acoger a cada persona como es y permanecer a su lado. El hogar se construye en las cosas sencillas de cada día”, recuerda.

Del recelo a formar parte del barrio

También ha cambiado, a lo largo de estos 25 años, la relación de Pozo Dulce con su entorno. Su apertura en pleno centro histórico despertó inicialmente cierta desconfianza vecinal, marcada en parte por los estereotipos asociados a las personas sin hogar.

Con el paso del tiempo, el centro fue integrándose en la vida del barrio. Una evolución que, para Belén García, también forma parte de la historia que merece la pena celebrar. «Pozo Dulce ha ido encontrando su lugar en el barrio y formando parte de su realidad cotidiana. También ahí se construye vínculo: cuando dejamos de mirar a la persona sin hogar desde la distancia y empezamos a conocerla».

«25 años caminando juntos»

Esa dimensión compartida está muy presente en la celebración del aniversario. Un equipo motor ha preparado «25 años caminando juntos», una programación cuya propia identidad se ha construido de manera participativa.

Las personas acogidas fueron las encargadas de elegir el lema: «Hogar, vínculo y esperanza». Dar forma visual a esas tres palabras correspondió a Rocío Texeira, artista y profesora de la facultad de Ciencias de la Educación, quien ha creado la imagen conmemorativa a partir de las aportaciones de trabajadores y voluntariado. «La ilustración pone en valor la presencia del propio edificio que ha sido, y sigue siendo, hogar. Un hogar que acoge y da la bienvenida, que ha visto pasar a muchas personas que han compartido la vida y han dejado huella», explica. Una casa que, en la imagen, parece abrazar a quien cruza su puerta y que resume también el sentido de la celebración: «Pozo Dulce celebra la vida albergada durante 25 años y agradece ser cuidado para poder seguir haciendo lo que mejor sabe hacer: ser hogar».

«Queríamos que este aniversario no se limitara a recordar una fecha, sino que sirviera para reconocer a todas las personas que han hecho posible Pozo Dulce y, especialmente, para que quienes viven hoy aquí sean también protagonistas de la celebración», señala su directora.

Actos conmemorativos

El primer gran acto tendrá lugar el 29 de octubre, a las 18:00 horas, en el salón de actos del Colegio Las Esclavas. Una mesa redonda reunirá a personas vinculadas a distintas etapas del centro para recuperar sus primeros pasos, las dificultades encontradas, la evolución del recurso y las historias que han ido dando sentido a estos 25 años.

El 13 de diciembre tendrá lugar otro de los principales momentos de la conmemoración, con una eucaristía en la iglesia del Sagrado Corazón, a las 12.30 horas, presidida por el delegado episcopal de Cáritas Diocesana, Reinaldo Aguilera.

La celebración llegará también a la vida cotidiana del hogar, con un concurso de cuento, poesía y dibujo, un torneo de juegos de mesa, una feria y diferentes actividades y salidas culturales. La intención es que el aniversario no quede concentrado en una única jornada, sino que atraviese durante estos meses la vida de Pozo Dulce.

Un hogar que sigue caminando

Veinticinco años después, muchas cosas han cambiado desde aquellas primeras campañas que reclamaban un techo para las personas que vivían en la calle. Pero la realidad que motivó el nacimiento de Pozo Dulce no ha desaparecido.

El sinhogarismo sigue planteando nuevos desafíos y situaciones cada vez más complejas. Frente a ellas, Pozo Dulce mantiene el principio que ha orientado su trayectoria: poner a la persona en el centro y acompañarla respetando sus circunstancias y sus tiempos.

Para Belén García, mirar estos 25 años supone también mirar hacia delante. «Celebrar lo vivido tiene sentido si nos ayuda a seguir preguntándonos qué necesitan hoy las personas sin hogar y cómo podemos estar a su lado desde este proyecto misionero. Pozo Dulce tiene historia, pero sobre todo tiene presente y futuro».

Quizá por eso el lema elegido por las propias personas acogidas resume especialmente bien el camino recorrido.

Hogar, porque disponer de un techo es fundamental, pero una casa necesita algo más para convertirse en un lugar propio.

Vínculo, porque después del aislamiento hacen falta relaciones que puedan sanar y reconstruirse poco a poco.

Y esperanza, porque incluso después de años de exclusión puede seguir existiendo la posibilidad de abrir un nuevo camino.